viernes, 22 de abril de 2011

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Son las 12:47. En realidad no, pero hace tiempo que mi antiguo reloj se paro. El muy cabrón decidió parar sus manecillas cuando más lo necesitaba. Cuando descubrí que en decimas de segundo se podían truncar vidas enteras decidí llevar siempre encima aquel cachivache para poder medir con exactitud el tiempo que transcurría entre la caída libre de tus pestañas y las primeras consecuencias medibles en la ciudad de los silencios. Por suerte, ahora, tengo un reloj digital, aunque como nunca me entendí con sus botones ni siquiera lo tengo en hora. Me miente, se que lo hace pero no me molesta. Ahora, a las 5:44, es cuando me pregunto en que será en lo que piensas cuando tu reloj te miente y no puedes dormir; cuando sueñas con redondas ovejas que eligen pastos más verdes que los tuyos.

domingo, 3 de abril de 2011

Recuerdo que de pequeño no tenía miedo a la oscuridad. Los demás niños ponían estrellitas en sus techos, luces en sus pareces y dejaban la puerta entreabierta para evitar la oscuridad, yo apagaba todas las luces y no miraba debajo de la cama antes de irme a dormir. Supongo que nunca he tenido miedo por lo menos no de algo en concreto. No me asustan las arañas, ni los payasos, no me importa caminar solo y no me preocupa saltar y pelarme las rodillas. Al menos, de forma consciente nada me da miedo, nada excepto el vacío. El vacio no solo me da miedo, me aterroriza. Cuando las casas se quedan vacías, se llenan de polvo, las paredes se vuelven más pequeñas y nadie se atreve a entrar.
Al principio la gente y entraba y salía a su propio ritmo, sin preocuparse si era buen momento y sin limpiarse los pies antes de entrar. No me importaba, el interior era cálido y los porteros habían salido a fumar. Entraban, jugaban, pisaban y se marchaban, eso me molestaba un poco, pero no me preocupa; yo entonces ya sabía que las calles son muy frías y no me importaba que pasasen para entrar en calor. Pero después, con el tiempo, todo comenzó a volverse más frío y espinoso, como no estaban cómodos dejaban de entrar, y la falta de contacto hacía que los termómetros bajasen la cabeza y jugasen a ser avestruz.  Poco a poco seguía enfriándose y las yedras crecían por doquier. Se volvió un lugar inhóspito y ya ni siquiera él quería asomarse demasiado; de vez en cuando entraba quitaba un par de telarañas y volvía a salir. No se encontraba cómodo allí, y fue entonces cuando empezó a tener miedo. Temía y teme aún por el momento en que exhale por sus poros los últimos conos glaciales hasta convertirse en una roca inerte, fría, dura e imposible de atravesar. El momento del punto de no retorno, el momento del frío en la piel.

Miedo a que nunca nada sea suficiente.