viernes, 22 de abril de 2011
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Son las 12:47. En realidad no, pero hace tiempo que mi antiguo reloj se paro. El muy cabrón decidió parar sus manecillas cuando más lo necesitaba. Cuando descubrí que en decimas de segundo se podían truncar vidas enteras decidí llevar siempre encima aquel cachivache para poder medir con exactitud el tiempo que transcurría entre la caída libre de tus pestañas y las primeras consecuencias medibles en la ciudad de los silencios. Por suerte, ahora, tengo un reloj digital, aunque como nunca me entendí con sus botones ni siquiera lo tengo en hora. Me miente, se que lo hace pero no me molesta. Ahora, a las 5:44, es cuando me pregunto en que será en lo que piensas cuando tu reloj te miente y no puedes dormir; cuando sueñas con redondas ovejas que eligen pastos más verdes que los tuyos.
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