Justo en ese momento, cuando creía que no volvería a dormir, cuando creía que el insomnio jamás me iba a abandonar, justo entonces recordé el tacto de sus manos y comencé a escribir. Escribí mentalmente sobre el perfume de su sonrisa y volví a quedarme corto en colores porque era incapaz de dejar de pensar en donde estaría o que sería de su vida justo en ese momento. Y es que era imposible no imaginar cómo se movería su cuerpo bajo las sábanas, o cuanto pesarían sus caderas sobre las mías, e incluso, pensar, que sería de mi si al levantarme, estuviese con la cabeza apoyada en mi almohada y yo, yo recorriese toda su espalda en busca de alguna recompensa. Era imposible no sentirse a gusto, agradecido o simplemente sentirse. Y es que era complicado dejar de pensar y más lo era si también daba vueltas de trescientos sesenta grados sobre el propio eje de mi mismo ombligo y mientras tanto las caras cambiaban y se deformaban, primero eran las de unos y luego las de otros y luego, como siempre, nunca más veía caras. Y pensaba que sería de nosotros si nos hubiésemos conocido antes, cuando yo creía y tú todavía conservabas algo de esperanza y viceversa o qué pasaría si no nos conociésemos todavía o si ya era tarde o aún demasiado pronto o tal vez todo estuviese en su sitio pero en el orden equivocado. Todo era extraño y tu y yo comprábamos fresas de golosinas en un pequeño puesto de cualquier mercado del centro, no sé bien de donde, ni tampoco con quien pero estábamos los dos. Y de repente llovía y luego estábamos en Marte y luego empezamos a caer y yo me desperté con un bote del susto. Un susto y como siempre, en ese momento, lo peor, despierto y el shock de darme cuenta que no había nadie a mi lado, no había nadie, ni siquiera alguien, de quien estar enamorado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario