Después de mucho tiempo, volvimos a encontrarnos pero ya no éramos los mismos, tu habías cambiado, y yo, yo ya no era el mismo, habían pasado tantas esos últimos meses que no hubiese sabido por donde empezar, lo siento si te sentiste abandonada, no fue mi intención. Ha pasado tanto tiempo que incluso se me ha olvidado el dulce sonido que hacías cuando mis manos te rozaban, y a velocidad de la luz componíamos ilusiones, penas y desgracias. Supongo que la nuestra es una relación complicada, no somos compatibles cuando soy feliz, y tampoco cuando ocurre lo contrario, solo nos movemos entre transiciones concéntricas afinando la puntería para evitar hacernos daños. Pero pasa el tiempo y solo tengo una idea en mente, me imaginaba como sería recorrer tu cuerpo con mis dedos, tu cuerpo, un cuerpo cualquiera sin más atracción que la piel por la piel. Me imaginaba cuanto me costaría ponerte sobre la mesa y hacértelo hasta que se te sonrojasen las mejillas. Y despertarme contigo, escuchar alguna estupidez y empezar bien el día. Pero ya no queda pasión, las cosas bonitas no funcionan y las largas se estropean Las palabras están infravaloradas y aunque a veces te encuentre ya no eres la misma. En el fondo cambiamos.
Sacaré mi bolígrafo y sin hacerte el amor buscaré el mismo final, palabras sin sentido para que me vuelvas a inspirar.
viernes, 25 de noviembre de 2011
lunes, 2 de mayo de 2011
Durmiendo despierto
Justo en ese momento, cuando creía que no volvería a dormir, cuando creía que el insomnio jamás me iba a abandonar, justo entonces recordé el tacto de sus manos y comencé a escribir. Escribí mentalmente sobre el perfume de su sonrisa y volví a quedarme corto en colores porque era incapaz de dejar de pensar en donde estaría o que sería de su vida justo en ese momento. Y es que era imposible no imaginar cómo se movería su cuerpo bajo las sábanas, o cuanto pesarían sus caderas sobre las mías, e incluso, pensar, que sería de mi si al levantarme, estuviese con la cabeza apoyada en mi almohada y yo, yo recorriese toda su espalda en busca de alguna recompensa. Era imposible no sentirse a gusto, agradecido o simplemente sentirse. Y es que era complicado dejar de pensar y más lo era si también daba vueltas de trescientos sesenta grados sobre el propio eje de mi mismo ombligo y mientras tanto las caras cambiaban y se deformaban, primero eran las de unos y luego las de otros y luego, como siempre, nunca más veía caras. Y pensaba que sería de nosotros si nos hubiésemos conocido antes, cuando yo creía y tú todavía conservabas algo de esperanza y viceversa o qué pasaría si no nos conociésemos todavía o si ya era tarde o aún demasiado pronto o tal vez todo estuviese en su sitio pero en el orden equivocado. Todo era extraño y tu y yo comprábamos fresas de golosinas en un pequeño puesto de cualquier mercado del centro, no sé bien de donde, ni tampoco con quien pero estábamos los dos. Y de repente llovía y luego estábamos en Marte y luego empezamos a caer y yo me desperté con un bote del susto. Un susto y como siempre, en ese momento, lo peor, despierto y el shock de darme cuenta que no había nadie a mi lado, no había nadie, ni siquiera alguien, de quien estar enamorado.
viernes, 22 de abril de 2011
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Son las 12:47. En realidad no, pero hace tiempo que mi antiguo reloj se paro. El muy cabrón decidió parar sus manecillas cuando más lo necesitaba. Cuando descubrí que en decimas de segundo se podían truncar vidas enteras decidí llevar siempre encima aquel cachivache para poder medir con exactitud el tiempo que transcurría entre la caída libre de tus pestañas y las primeras consecuencias medibles en la ciudad de los silencios. Por suerte, ahora, tengo un reloj digital, aunque como nunca me entendí con sus botones ni siquiera lo tengo en hora. Me miente, se que lo hace pero no me molesta. Ahora, a las 5:44, es cuando me pregunto en que será en lo que piensas cuando tu reloj te miente y no puedes dormir; cuando sueñas con redondas ovejas que eligen pastos más verdes que los tuyos.
domingo, 3 de abril de 2011
Recuerdo que de pequeño no tenía miedo a la oscuridad. Los demás niños ponían estrellitas en sus techos, luces en sus pareces y dejaban la puerta entreabierta para evitar la oscuridad, yo apagaba todas las luces y no miraba debajo de la cama antes de irme a dormir. Supongo que nunca he tenido miedo por lo menos no de algo en concreto. No me asustan las arañas, ni los payasos, no me importa caminar solo y no me preocupa saltar y pelarme las rodillas. Al menos, de forma consciente nada me da miedo, nada excepto el vacío. El vacio no solo me da miedo, me aterroriza. Cuando las casas se quedan vacías, se llenan de polvo, las paredes se vuelven más pequeñas y nadie se atreve a entrar.
Al principio la gente y entraba y salía a su propio ritmo, sin preocuparse si era buen momento y sin limpiarse los pies antes de entrar. No me importaba, el interior era cálido y los porteros habían salido a fumar. Entraban, jugaban, pisaban y se marchaban, eso me molestaba un poco, pero no me preocupa; yo entonces ya sabía que las calles son muy frías y no me importaba que pasasen para entrar en calor. Pero después, con el tiempo, todo comenzó a volverse más frío y espinoso, como no estaban cómodos dejaban de entrar, y la falta de contacto hacía que los termómetros bajasen la cabeza y jugasen a ser avestruz. Poco a poco seguía enfriándose y las yedras crecían por doquier. Se volvió un lugar inhóspito y ya ni siquiera él quería asomarse demasiado; de vez en cuando entraba quitaba un par de telarañas y volvía a salir. No se encontraba cómodo allí, y fue entonces cuando empezó a tener miedo. Temía y teme aún por el momento en que exhale por sus poros los últimos conos glaciales hasta convertirse en una roca inerte, fría, dura e imposible de atravesar. El momento del punto de no retorno, el momento del frío en la piel.
Miedo a que nunca nada sea suficiente.
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