viernes, 30 de diciembre de 2011

Hasta pronto

Se que me prometí que no volvería a hacerlo nunca, pero no podía hacerlo de otra manera... estas últimas semanas han pasado tantas cosas, algunas batallas se han ganado y otras se han perdido, y yo al final, cansado, clavé mi bandera blanca en el camino que conducía a su entrepierna. Fundí todas mis armas cuando pensé en el movimiento de sus caderas y perdí a mis soldados por mandarlos entrar en un terrero que estaba mucho más que vedado. Debería haber hecho caso a lo que me decían los cardiólogos y los artistas, pero que le voy a hacer, si es que me gustaban sus lineas, enemiga. Ellos lo sabían, sabían que al final gritaría que "Nos invaden los rusos". Una vez te dije que yo tenía el corazón sensible, por eso de las arritmias, mis válvulas ya no funcionaban bien y el sonido del lub-dub se había fundido en una balada triste de Rebeca, "Acuerdate". A estas alturas ya sabrás de sobra que la Q del complejo QRS de mi electrocardiograma se ha marchado para dejar paso a otra de ellas, dos veces repetida. Y que decir de la P y la T si ya me advirtieron ambos que de "Haberlo sabido"... Aún así los cardiólogos insistían en que también sufría una grave miocardiopatía y que por eso se me había endurecido el corazón, en el fondo yo sabía que eso era causa un viejo escudo que me enseño una rubia, chiquilla de ojos verdes. Años después aprendí yo mismo a mostrar la jugada, mirar a los ojos y nunca, nunca arrepentirme por no haber hecho nada y en esta historia había un perro, un libro y una puerta a la poesía que sin quererlo me dejó abierta. Esta vez fue la más fuerte, lo mejor que creo que fue entonces cuando nacistes. Había muchas historias, muchas más, la mayoría sin importancia y al final la última, ella, que me hizo el amor solo con las palabras, y es ahí donde te vi crecer y me sentí orgulloso por tus atisbos de esplendor.
 Era irónico que yo, nosotros, que sufríamos transtorno de identidad disociativo, hubiésemos desarrollado un aprendizaje conjunto, creciendo mano con mano, palabra con palabra y juntos los dos estábamos consiguiendo desarrollar algunas zonas blandas, mis puntos débiles, nuestra puerta de entrada. Allí, donde siempre guardaba a Jonny, Aretha, Jimi y por supuesto algo de blues, los Beatles y también amigos y algunos primos sin olvidar, nunca, nunca, que al otro lado estaba todo, todo lo que está escrito, aunque no sea en piedra y ni tu y yo, lo hagamos de muy buena calidad.
 Y así, mis puntos débiles, que realmente eran los nuestros, mi música, mi literatura, mi poesía formaban la única entrada y mi única salida... Se que me prometí que no volvería a hacerlo nunca, pero no podía hacerlo de otra manera, tenía que despedirme de ti antes de comenzar una nueva vida, no quiero borrar mi pasado, pero la carga emocional aquí descrita es demasiado grande y por desgracia eso es algo que una nueva cita  no puede soportar. Lo siento, Cuack, tenemos que dejar esto, al menos por el momento, hasta que pase la tormenta. Te prometo que no habrá nada que nos pare, pero no podemos seguir aquí, eres algo tan intenso y tan grande, que no se puede contar en la primera cita.
 Nos veremos en nuevos folios.
 Hasta pronto Cuack.

sábado, 24 de diciembre de 2011

Cuando Tweedle dee y Tweedle dum dejaron de bailar con Alicia comenzaron a pelearse por su bonito sonajero nuevo. Se armaron durante horas de herramientas inservibles gritándose despectivamente hasta que se dieron por vencidos antes de comenzar la pelea. La siguiente vez que se vieron, Alicia tomo el sonajero por el mango, lo rompió y sensualmente desapareció entre la arboleda con una media sonrisa en sus labios; la otra mitad se estaba prometiendo que nunca más sería la pequeña ninfula de nadie, aunque eso Lewis  no lo sabía. Siguió mirando su mitad buena y se decidió a inventar una vida para ella.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Sólo una parte de mi.

Juan y Sandra nunca estuvieron enamorados, entre ellos no había nada ni siquiera había física. Creo que ambos (al menos el) sufrían trastorno de identidad disociativo, pero tenían que haber estado sordos y ciegos para no haberse dado cuenta que Cuack estaba enamorado de Rosaniger pero no quería a Sandra. Se enamoraron de la situación ausentes de que no era la suya, no sabían que cuando dejaban sus manos sueltas Cuack jugaba a escribir cartas de amor y Rosaniger a veces le contestaba. Quedaba escrita la historia de un amor imposible en el que era todo esencia, eran Bonnie y Clyde reencarnados, eran los Capuleto y los Montesco eran la definición de la palabra, eran puros pero Juan y Sandra no eran nada. Juan no necesito ni dos lágrimas para recuperarse de lo de Sandra, ni se giró cuando ella tomó aquel autobus, ni sintió punzadas en su cuerpo cuando ella se alejaba... pero Cuak solo necesitó una sonrisa para enamorarse. A Juan no le valía pero a Cuack le bastaba.
Cuack enseñó a Juan y Rosaniger enseñó a Sandra, aprendieron a hacer el amor sin tocar sus cuerpos, follaron encima de todas las letras del abecedario hasta dejarlo seco y sin palabras, agotaron todos los diccionarios mientras sus orgamos volaban, etéreos, por el viento como partículas de polvo. Claro que se enamoraron, pero se enamoraron del sabor de la saliva después de un orgasmo.

viernes, 16 de diciembre de 2011

En las fotos siempre posaba igual, ponía siempre la misma sonrisa. No era una sonrisa bonita, incluso parecía forzada... A él sin embargo le gustaba sonreír.

 Viendo fotos se dio cuenta que eran como fotos antiguas, no reconocía su rostro en ninguna. Parecía como si ninguna de las fotos le hiciese justicia, él no la recordaba así. En las fotos parecía tan vacía, sonreía al horizonte y ni siquiera sabía por qué. No podía ser ella, era como si se hubiese desvanecido en el aire, en el mismo aire donde se quedaron las palabras del mismo poeta. No reconocía nada de lo que veía, como si él se hubiese confundido de persona. No la veía, no escuchaba su voz, no brillaba en sus ojos, no veía a la poetisa, ya no veía. Quizás se había confundido, no se había enamorado de ella, sus ojos no eran de sus manos ni su corazón de ella misma.  Ella no dijo nada, ella no había dicho nada, asintió cuando él dijo nunca.

Se plantó frente al espejo y se pidió a sí mismo que no lo repitiese nunca, que no lo repitiese nunca. Al darse cuenta que ella nunca le querría se dijo a sí mismo que..
“ éste sea el último dolor que ella me causa,
Y éstos los últimos versos que yo le escribo.”

martes, 13 de diciembre de 2011

Debes pensar que soy estúpido

Hace un par de meses intente aprender a tocar la guitarra.
Al principio me encantaba. Me sorprendía como poco a poco mis dedos empezaban a bailar sobre las cuerdas y hacían reir las notas. Si por asomo mi canción se parecía a la verdadera me sentía orgulloso. Buscaba tablaturas e incluso intentaba cantarlas. Me gustaba. Hasta que llego un punto muerto, me atasque y no podía progresar. Aunque volví a intentarlo una y otra vez no lo conseguí. Lo volví a intentar después y había perdido la práctica. Una vez más y al final deje de intentarlo. Pensé que no merecía tanto la pena y guarde la guitarra.

 Oye ¿Es absurdo no? Vale que te has caído y que tampoco parece que vaya a mejor la cosa, ¿pero  qué? ¿Ya no vale la pena intentarlo más? Hace tiempo te prometiste que no te quedarías sin saber las cosas, te juraste que no tirarías la toalla si realmente algo te importaba. ¿Acaso esto no te importaba? Vamos tío, perdiste los papeles por alguien a quien no conocías y no los vas a perder por ella. ¿Qué? Vale, hasta te creo con eso de que ella es demasiado para ti, que tal vez es que no te quiera, que seguramente no sea tu alma gemela, pero ¿acaso has conocido a alguna mejor? ¿Y no vas a hacerlo por ella? Cuéntale la historia a otro, te conozco y sé que eres lo más cabezota y además ella todavía no ha dicho nunca.


No me importa que me rechaces, no mientras lo hagas así. No me importan las veces, no vas a hacer que cambie. No sé como lo haces, pero siempre lo haces. Debes pensar que esto es estúpido y que estoy loco pero déjame estar cerca tuyo, y si algún día te cansas, solo tienes que decirme NUNCA... que yo mientras aprendo de verdad, a tocar la guitarra.




lunes, 12 de diciembre de 2011

De mermeladas y favoritas

Alicia a través del espejo- Lewis Carroll : conversación con al reina blanca
[...]Estoy segura de que te contrataría a ti con mucho gusto -aseguró la Reina-. A dos reales la semana y mermelada un día sí y otro no. 
Alicia no pudo evitar la risa al oír esto, y le contestó: -No quisiera verme empleada... y no me gusta tanto la mermelada. 
-¡Ah! Pues es una mermelada excelente -insistió la Reina. 
-Bueno, en todo caso, lo que es hoy no me apetece nada. 
-Hoy es cuando no podrías tenerla ni aunque te apeteciera -atajó la Reina-. La regla es: mermelada mañana y ayer... pero nunca hoy. 
-Alguna vez tendrá que tocar «mermelada hoy» -objetó Alicia. 
-No, no puede ser -refutó la Reina-. Ha de ser mermelada un día sí y otro no: y hoy nunca puede ser otro día, ¿no es cierto? 
-No, no comprendo nada -dijo Alicia-. ¡Qué lío me he hecho con todo eso! 
-Eso es lo que siempre pasa cuando se vive marcha atrás´ -le explicó la Reina amablemente-: al principio se marea siempre una un poco... [...]



Al fin y al cabo, eres como la mermelada (de limón con un pequeño toque amargo) siempre tocas en otro día; cualquier diabético lo diría, lo más coherente es expulsarte de mi dieta. Lástima que la mermelada de limón sea mi favorita.

viernes, 25 de noviembre de 2011

(des)Inspiración

Después de mucho tiempo, volvimos a encontrarnos pero ya no éramos los mismos, tu habías cambiado, y yo, yo ya no era el mismo, habían pasado tantas esos últimos meses que no hubiese sabido por donde empezar, lo siento si te sentiste abandonada, no fue mi intención. Ha pasado tanto tiempo que incluso se me ha olvidado el dulce sonido que hacías cuando mis manos te rozaban, y a velocidad de la luz componíamos ilusiones, penas y desgracias. Supongo que la nuestra es una relación complicada, no somos compatibles cuando soy feliz, y tampoco cuando ocurre lo contrario, solo nos movemos entre transiciones concéntricas afinando la puntería para evitar hacernos daños. Pero pasa el tiempo y solo tengo una idea en mente, me imaginaba como sería recorrer tu cuerpo con mis dedos, tu cuerpo, un cuerpo cualquiera sin más atracción que la piel por la piel. Me imaginaba cuanto me costaría  ponerte sobre la  mesa y hacértelo hasta que se te sonrojasen las mejillas. Y despertarme contigo, escuchar alguna estupidez y empezar bien el día. Pero ya no queda pasión, las cosas bonitas no funcionan y las largas se estropean Las palabras están infravaloradas y aunque a veces te encuentre ya no eres la misma. En el fondo cambiamos.
Sacaré mi bolígrafo y sin hacerte el amor buscaré el mismo final, palabras sin sentido para que me vuelvas a inspirar.

lunes, 2 de mayo de 2011

Durmiendo despierto

Justo en ese momento, cuando creía que no volvería a dormir, cuando creía que el insomnio jamás me iba a abandonar, justo entonces recordé el tacto de sus manos y comencé a escribir. Escribí mentalmente sobre el perfume de su sonrisa y volví a quedarme corto en colores porque era incapaz de dejar de pensar en donde estaría o que sería de su vida justo en ese momento. Y es que era imposible no imaginar cómo se movería su cuerpo bajo las sábanas, o cuanto pesarían sus caderas sobre las mías, e incluso, pensar, que sería de mi si al levantarme, estuviese con la cabeza apoyada en mi almohada y yo, yo recorriese toda su espalda en busca de alguna recompensa. Era imposible no sentirse a gusto, agradecido o simplemente sentirse. Y es que era complicado dejar de pensar y más lo era si también daba vueltas de trescientos sesenta grados sobre el propio eje de mi mismo ombligo y mientras tanto las caras cambiaban y se deformaban, primero eran las de unos y luego las de otros y luego, como siempre, nunca más veía caras. Y pensaba que sería de nosotros si nos hubiésemos conocido antes, cuando yo creía y tú todavía conservabas algo de esperanza y viceversa o qué pasaría si no nos conociésemos todavía o si ya era tarde o aún demasiado pronto o tal vez todo estuviese en su sitio pero en el orden equivocado. Todo era extraño y tu y yo comprábamos fresas de golosinas en un pequeño puesto de cualquier mercado del centro, no sé bien de donde, ni tampoco con quien pero estábamos los dos. Y de repente llovía y luego estábamos en Marte y luego empezamos a caer y yo me desperté con un bote del susto. Un susto y como siempre, en ese momento, lo peor, despierto y el shock de darme cuenta que no había nadie a mi lado, no había nadie, ni siquiera alguien, de quien estar enamorado.

viernes, 22 de abril de 2011

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Son las 12:47. En realidad no, pero hace tiempo que mi antiguo reloj se paro. El muy cabrón decidió parar sus manecillas cuando más lo necesitaba. Cuando descubrí que en decimas de segundo se podían truncar vidas enteras decidí llevar siempre encima aquel cachivache para poder medir con exactitud el tiempo que transcurría entre la caída libre de tus pestañas y las primeras consecuencias medibles en la ciudad de los silencios. Por suerte, ahora, tengo un reloj digital, aunque como nunca me entendí con sus botones ni siquiera lo tengo en hora. Me miente, se que lo hace pero no me molesta. Ahora, a las 5:44, es cuando me pregunto en que será en lo que piensas cuando tu reloj te miente y no puedes dormir; cuando sueñas con redondas ovejas que eligen pastos más verdes que los tuyos.

domingo, 3 de abril de 2011

Recuerdo que de pequeño no tenía miedo a la oscuridad. Los demás niños ponían estrellitas en sus techos, luces en sus pareces y dejaban la puerta entreabierta para evitar la oscuridad, yo apagaba todas las luces y no miraba debajo de la cama antes de irme a dormir. Supongo que nunca he tenido miedo por lo menos no de algo en concreto. No me asustan las arañas, ni los payasos, no me importa caminar solo y no me preocupa saltar y pelarme las rodillas. Al menos, de forma consciente nada me da miedo, nada excepto el vacío. El vacio no solo me da miedo, me aterroriza. Cuando las casas se quedan vacías, se llenan de polvo, las paredes se vuelven más pequeñas y nadie se atreve a entrar.
Al principio la gente y entraba y salía a su propio ritmo, sin preocuparse si era buen momento y sin limpiarse los pies antes de entrar. No me importaba, el interior era cálido y los porteros habían salido a fumar. Entraban, jugaban, pisaban y se marchaban, eso me molestaba un poco, pero no me preocupa; yo entonces ya sabía que las calles son muy frías y no me importaba que pasasen para entrar en calor. Pero después, con el tiempo, todo comenzó a volverse más frío y espinoso, como no estaban cómodos dejaban de entrar, y la falta de contacto hacía que los termómetros bajasen la cabeza y jugasen a ser avestruz.  Poco a poco seguía enfriándose y las yedras crecían por doquier. Se volvió un lugar inhóspito y ya ni siquiera él quería asomarse demasiado; de vez en cuando entraba quitaba un par de telarañas y volvía a salir. No se encontraba cómodo allí, y fue entonces cuando empezó a tener miedo. Temía y teme aún por el momento en que exhale por sus poros los últimos conos glaciales hasta convertirse en una roca inerte, fría, dura e imposible de atravesar. El momento del punto de no retorno, el momento del frío en la piel.

Miedo a que nunca nada sea suficiente.

viernes, 4 de marzo de 2011

La princesita y el reino

Erase una vez, hace mucho mucho tiempo un reino muy lejano donde vivía una princesa que, como en todos los cuentos, era la mujer más guapa del reino, también había una madrasta, que aunque no era madre era muy -asta y por supuesto, también había una especie de príncipe de esos que montan a caballo y salvan a las princesas, aunque en este cuento, los príncipes se quedan en un segundo plano por que las princesas son autosuficientes.

Era una calurosa tarde de verano y la princesa se encontraba en su cuarto preparándose para salir al pueblo. La princesita bajaba todas las tardes al pueblo y empleaba su tiempo libre en ayudar a los habitantes. En el pueblo todos la querían, ella era buena con las personas, buena con los animales, era buena y no solo eso, ella era todo lo que un principe sin trono y con los sentidos atrofiados podría desear. Pero en lo más profundo del bosque del pueblo, en una casita desvencijada y con las ventanas manchadas, habitaba un ser malvado, una mujer con el corazón tan negro como el carbón, que odiaba a la princesita. La mujer que vivía en aquella cabaña se hacía llamar Griselda y a pesar de ser una mujer bella no tenia nada que hacer contra la princesita y por eso la odiaba, envidiaba no ser tan buena, envidiaba no ser tan bella, la envidiaba a ella. Cuando la princesa paseaba por el pueblo, Griselda la seguía y espiaba mientras hablaba con los habitantes.
 Un día, Griselda, enveneno la comida de la princesa para que enfermase y no pudiese bajar al pueblo durante una temporada. Mientras la princesa estuvo reposando en cama, Griselda recorrió los caminos que ella solía recorrer y hablo con las personas con las que ella solía hablar, comenzó a contar calumnias sobre ella, inventó historias atroces e intentó destrozar la reputación de la princesa.

 Cuando recobró su salud, la princesa, volvió al pueblo a pasear pero la gente no quería hablar con ella y no entendía porqué, pasaron los días pero nada mejoró, fue entonces cuando la princesita comenzó a pensar, en si habría hecho ella algo malo y en que todo debía ser culpa suya. La princesa, que era propensa a pensar y meditar profundamente, perdió el sueño, el hambre y perdió las ganas de todo pero no dejó de pasear por el pueblo. Unos días después, paseando, encontró a un hombre que quedó mirando fijamente mientras ella se alejaba, el hombre sintió una punzada y un vuelco, y comprendió que esa mujer, realmente valía la pena, sin conocerla, ya supo que era importante y como podría ser. La tarde siguiente volvió la pueblo para intentar encontrarse con ella, cuando la vio, con los ojos tristes pero sin lágrimas no pudo evitar acercarse a ella para preguntar que es lo que la ocurría y ella, con necesidad de hablar, no pudo evitar contar lo que ocurría. Aquel hombre, que resulto ser más listo de lo que parecía aconsejo a la princesita lo que debía hacer al día siguiente y también, añadió, que aunque no la conocía sabía que era una buena persona, por que viendo sus ojos no podía ser de otra manera. Al día siguiente, la princesita volvió al pueblo, y siguiendo el consejo de aquel extraño hombre, hizo como si no pasase nada, se vistió con su mejor sonrisa y recorrió el mismo camino de siempre, saludando a las mismas personas de siempre. Repitió el proceso durante una temporada y poco a poco los habitantes del pueblo volvieron a confiar en ella. El cartero la sonreía, el pescadero la saludaba, el panadero horneaba el pan especialmente para ella y al final, todos los habitantes del pueblo, volvieron a quererla como antes, volvió a ser su princesita. Cuando Griselda se entero de lo que había ocurrido, se enfado tanto que rompió todos los cristales de su casa y fabricó un muñeco de vudú para torturar a la princesa también volvió a perseguir a la princesita, entonces fue, cuando los habitantes del pueblo descubrieron que Griselda había sido la causante de los problemas que había tenido la princesita. Los habitantes del pueblo, enfadados y tristes por haber tratado mal a la princesa decidieron ir a casa de Griselda y obligarla a abandonar el reino, Griselda huyó por miedo de las represalias y nunca más volvió por alli. Al final, Griselda terminó siendo tan fea por fuera, como lo era por dentro, los últimos escritos que hablan de ella cuentan que encontro trabajo en el circo de los horrores, donde recibía tomatazos a cambio de dinero.

La princesita, volvió a comer, volvió a dormir y también volvió a sonreir, y como en todos los cuentos el final ha llegado, y sólo si la princesa sonríe, tendremos un colorin colorado.

martes, 1 de marzo de 2011

Con la luna de día.

Riuyi gastaba todo el día pensando en Megana.
Él la llamaba Megana-Luna, sobre todo cuando sonreía, eso le encantaba. Pero Riuyi pensaba mucho y terminaba todos los días agotado, en la cama, y sin ovejas para poder dormir. Cansado, se juraba una y otra vez que ya no creía pero en el fondo, no quería. Siempre se cansaba; ni tiraba ni reía, ni esperaba ni dormía y ya no quería. Y las historias del amor a primera vista ya no las quería, ni lo de la chica perfecta, después de un par de facturas ya no creía. Enfadado, jurando que ya no creía, mientras apuntaba las fracturas no creía. Después, de después y siempre, siempre con mal tiempo. Y por culpa del mal tiempo ya ni siquiera creía en él, al menos ya no le escribía. Todas las noches se juraba que no creía y pasaba las noches en vela porque ella lo quería. Pero Megana era la luna, y no le quería. No le quería y él se convertía en sol y ya no la veía. Y cuando era sol y ya no creía, ella cantaba, sentada en una orilla y él creía. Le cantaba nanas y cosas prohibidas y él, él la quería. Ella le cantaba y creía, pero después de cantar ella no le quería. Luego por la noche nadie se quería, ella se reía y pintaba el siguiente día.
La siguiente noche, vuelta a empezar con la maldita melodía, aunque poco a poco se dio cuenta, que si no era cosa de dos, él jamás la querría.

martes, 1 de febrero de 2011

El cartero de muñecas

Franz Kafka nació en Praga el 3 de julio de 1883, murió en 1924 por problemas de salud. A pesar de que su obra no es muy extensa, es considerada una de las más influyentes de la literatura universal del siglo XX, posiblemente sea porque a parte de ser un gran escritor era un persona excepcional, fuera de lo común.


En 1923 Kafka se enamora de Dora Diamant(actriz judía que conoce a Kazka en el verano de 1923) . Dora es quien impulsa a Kafka a dejar Praga y mudarse a Berlín. En su estancia en Berlin, a pesar de su deteriorada salud, las condiciones sociales del Berlin de la epoca, pese a saber que tiene los días contados son posiblemente los meses más felices de su vida. En sus últimos meses de vida, en 1924, ejerció como "cartero de muñecas" en el parque de Steglitz

Historia del cartero de muñecas: fragmento de Brooklyn Follies- Paul Auster
"[...] Todas las tardes Kafka sale a dar un paseo por el parque. La mayoría de las veces, Dora lo acompaña. Un día, se encuentra con una niña pequeña que está llorando a lágrima viva. Kafka le pregunta qué le ocurre, y ella contesta que ha perdido su muñeca. Él se pone inmediatamente a inventar un cuento para explicarle lo que ha pasado. “Tu muñeca ha salido de viaje”, le dice. “¿Y tú cómo lo sabes?”, le pregunta la niña. “Porque me ha escrito una carta”, responde Kafka. La niña parece recelosa. “¿Tienes ahí la carta?”, pregunta ella. “No, lo siento”, dice él, “me la he dejado en casa sin darme cuenta, pero mañana te la traigo.” Es tan persuasivo, que la niña ya no sabe qué pensar. ¿Es posible que ese hombre misterioso esté diciendo la verdad? Kafka vuelve inmediatamente a casa para escribir la carta. Se sienta frente al escritorio y Dora, que ve como se concentra en la tarea, observa la misma gravedad y tensión que cuando compone su propia obra. No es cuestión de defraudar a la niña. La situación requiere un verdadero trabajo literario, y está resuelto a hacerlo como es debido. Si se le ocurre una mentira bonita y convincente, podrá sustituir la muñeca perdida por una realidad diferente; falsa, quizá, pero verdadera en cierto modo y verosímil según las leyes de la ficción.
Al día siguiente, Kafka vuelve apresuradamente al parque con la carta. La niña lo está esperando, y como todavía no sabe leer, él se la lee en voz alta. La muñeca lo lamenta mucho, pero está harta de vivir con la misma gente todo el tiempo. Necesita salir y ver mundo, hacer nuevos amigos. No es que no quiera a la niña, pero le hace falta un cambio de aires y por tanto deben separarse durante una temporada. La muñeca promete entonces a la niña que le escribirá todos los días y la mantendrá al corriente de todas sus actividades.
Ahí es donde la historia empieza a llegarme al alma. Ya es increíble que Kafka se tomara la molestia de escribir aquella primera carta, pero ahora se compromete a escribir otra cada día, única y exclusivamente para consolar a la niña, que resulta ser una completa desconocida para él, una criatura que se encuentra casualmente una tarde en el parque. ¿Qué clase de persona hace una cosa así? Y cumple su compromiso durante tres semanas, tres semanas. Uno de los escritores más geniales que han existido jamás sacrificando su tiempo (su precioso tiempo que va menguando cada vez más) para redactar cartas imaginarias de una muñeca perdida. Dora dice que escribía cada frase prestando una tremenda atención al detalle, que la prosa era amena, precisa y absorbente. En otras palabras, era su estilo característico, y a lo largo de tres semanas Kafka fue diariamente al parque a leer otra carta a la niña. La muñeca crece, va al colegio, conoce otra gente. Sigue dando a la niña garantías de su afecto, pero apunta a determinadas complicaciones que han surgido en su vida y hacen imposible su vuelta a casa. Poco a poco, Kafka va preparando a la niña para el momento en que la muñeca desaparezca de su vida por siempre jamás. Procura encontrar un final satisfactorio, pues teme que, si no lo consigue, el hechizo se rompa. Tras explorar diversas posibilidades, finalmente se decide a casar a la muñeca. Describe al joven del que se enamora, la fiesta de pedida, la boda en el campo, incluso la casa donde la muñeca vive ahora con su marido. Y entonces, en la última línea, la muñeca se despide de su antigua y querida amiga.
Para entonces, claro está, la niña ya no echa de menos a la muñeca. Kafka le ha dado otra cosa a cambio, y cuando concluyen estas tres semanas, las cartas la han aliviado de su desgracia. La niña tiene la historia para habitar un mundo imaginario, las penas de este mundo desaparecen. Mientras la historia sigue su curso, la realidad deja de existir. [...]“

"La niña tiene la historia para habitar un mundo imaginario, las penas de este mundo desaparecen. Mientras la historia sigue su curso, la realidad deja de existir"... Ahora es cuando me pregunto donde está la gente como Kafka y me planteo que si en algún momento de la historia ha habido alguien más así, quizás la humanidad aún tiene motivos para existir, quizás el mundo no es tan negro como nos lo pintan los políticos, quizás halla miles de muñecas por todo el mundo, viajando, casándose y dando motivos a la gente para seguir adelante, demostrando que en el mundo todavía hay personas que brillan por si mismas.
Pero tal vez, solo quizás... por lo menos aún nos queda la ilusión por algo mejor.

miércoles, 12 de enero de 2011

Detente, cierra los ojos y comienza a sentir.

¿Te has planteado alguna vez toda esa historia del amor a primera vista? ¿Lo del momento que te marca irremediablemente? ¿Lo de las historias de película? Tal vez ahora estás pensando en alguna historia, una de esas que cuando te rondan la cabeza te dan un vuelco en algún lugar recóndito que a veces creías perdido. Pero ahora mismo detente, deja a un lado tus pensamientos y céntrate en lo que realmente sientes; date cuenta, que cuando sientes, nunca ves nada, fijas la mirada en un punto, cierras los ojos… haces lo posible para dejar de ver porque solo siendo ciego eres capaz de sentir.
 A veces me gustaría ser ciego, para no perderme nunca con los cuerpos, para no dejar salir a la parte animal, para nunca perderme lo importante. Últimamente, un poco más ciego, soy consciente de que veo bastante mejor, porque procuro mirar a través, mirar de verdad, con los ojos cerrados. Porque la vista es el sentido más egoísta, es frío, es simple, antipático, inservible y solo entiende de sexos y no se interesa por las emociones y no nos deja sentir nada, nada. Me gustaría ser ciego para poder ser consciente de cómo huelen las cosas, al igual que los días de resaca. Me gustaría ser ciego, para recorrerte instintivamente, como un mapa en braille. Ser ciego para saborear a fondo los sabores, y después saber a lo que sabes. Y escucharte, cada tarde, sentados con las rodillas juntas y saber cómo suenan realmente nuestras voces.
Detente, cierra los ojos y comienza a sentir.